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SANTO DOMINGO, RD/- La hepatitis B y la hepatitis C continúan representando un importante problema de salud pública porque pueden permanecer durante años sin provocar síntomas claros mientras afectan progresivamente al hígado.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que en 2024 unas 240 millones de personas vivían con infección crónica por hepatitis B y alrededor de 47 millones con hepatitis C; ese mismo año, ambas enfermedades estuvieron relacionadas con aproximadamente 1,3 millones de muertes, principalmente por cirrosis y cáncer hepático. La OMS calcula además que se produjeron cerca de 1,8 millones de nuevas infecciones por estos dos virus.
La doctora Fabiolina Sánchez Peralta, gastroenteróloga de Cedimat, explica que ambos virus tienen características diferentes, pero comparten como principal órgano afectado al hígado. De acuerdo con la especialista, la transmisión ocurre principalmente mediante el contacto con sangre infectada y, en el caso de la hepatitis B, también puede producirse por vía sexual y durante el parto de una madre infectada a su hijo.
La hepatitis C se transmite principalmente por exposición a sangre contaminada. Ninguna de las dos infecciones se transmite por dar la mano, abrazar, compartir alimentos o convivir de manera cotidiana con una persona infectada, según la especialista.
Una de las principales dificultades es precisamente la ausencia de síntomas. Muchas personas con hepatitis B crónica no presentan manifestaciones durante largos períodos, mientras que entre el 75 % y el 85 % de las personas con hepatitis C pueden no desarrollar síntomas.
Cuando la infección permanece sin tratamiento, puede producir inflamación y daño progresivo del tejido hepático y aumentar el riesgo de fibrosis, cirrosis y cáncer de hígado.
La doctora Sánchez Peralta señala que síntomas como la coloración amarillenta de la piel y los ojos, la inflamación abdominal o alteraciones neurológicas pueden aparecer cuando el daño ya es importante.
La diferencia entre ambas infecciones también es relevante para el tratamiento. La hepatitis B crónica actualmente puede controlarse con medicamentos antivirales eficaces, aunque en muchos pacientes requiere seguimiento prolongado; además, existe una vacuna segura y eficaz para prevenirla.
La hepatitis C, en cambio, puede curarse: los antivirales de acción directa administrados por vía oral durante unas 8 a 12 semanas consiguen eliminar el virus en más del 95 % de los casos. La OMS y los CDC destacan que el diagnóstico temprano permite iniciar el tratamiento antes de que aparezcan complicaciones graves.
Por ello, la detección constituye una de las herramientas fundamentales frente a estas infecciones. Los CDC recomiendan que los adultos de 18 años o más sean sometidos al menos una vez a pruebas de detección de hepatitis B y hepatitis C, además de controles periódicos para quienes mantienen factores de riesgo.
En el caso de la hepatitis B, el cribado permite determinar si existe una infección activa, una infección pasada o inmunidad, mientras que para la hepatitis C las pruebas permiten identificar a quienes necesitan confirmación y tratamiento.
La advertencia de la doctora Sánchez Peralta apunta en la misma dirección: una prueba de sangre puede descubrir una infección que la persona desconoce y permitir actuar antes de que el daño hepático sea irreversible.